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A los que buscan un escape de la realidad
 

1. Otro día más

 

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Era una calurosa noche cuando Radafel Rocutoru la vio por primera vez. Nadie voltearía dos veces la vista hacia la escena que se desarrollaba: un muchacho común y corriente levantando alguna chuchería en medio de la calle.

Pero cuando Radafel la tocó, sintió que esa cosa era todo menos ordinaria. Se había sentido llamado a ella, por un momento creyendo que tenía luz propia, aunque al observar mejor se diera cuenta de que nada más era el brillo de las farolas reflejado en su grabado dorado. En ese instante recordó a su padre porque alguna vez le compró una similar por su cumpleaños, aunque no tan costosa como la que ahora veían sus ojos. «De seguro le encantaría si pudiera verla», pensó.

La calle estaba vacía, había toque de queda, pero el muchacho lo desconocía, así que nadie más que él pudo percibir el cambio que se produjo en la atmósfera. Escalofríos recorrieron su cuerpo, también euforia y pavor. Entonces pensó en dejar de nuevo el objeto en el suelo, pero adjudicó sus emociones a una réplica de todo lo demás que había experimentado ese día.

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Horas antes había despertado con esa emoción que solo se puede sentir cuando uno sabe que está a punto de hacer algo muy importante. Radafel era consciente de que las acciones de ese día decidirían su futuro. Si todo salía bien, podría dedicarse a ser escritor; si no, tendría que continuar con el trabajo de su difunto padre y seguir imprimiendo libros por encargo en una casi destartalada imprenta que apenas daba ganancias.

Su casa no era grande, únicamente había dos cuartos: el de su madre y el suyo; antes lo compartía con su hermana, pero ella se había mudado luego de casarse. Por alguna razón, su cuñado le había caído mal desde que su hermana se lo había presentado. Por supuesto, ella hacía caso omiso de sus malos presentimientos y le decía que dejara de ser tan sobreprotector, que era la mayor y sabía elegir con quién andar.

Radafel se quitó la sábana de encima y se enderezó sobre la cama, tallándose los ojos. Sobre su mesa de noche vio abierto el libro de Historia. Había estado estudiando hasta muy tarde. Iba a echar un último vistazo, pues no estaba seguro de si Ror había sido el conde de Taravia o de Semburgo, pero decidió no hacerlo; era un detalle casi sin importancia y no quería arriesgarse a llegar tarde al examen. «El examen… No pudieron elegir mejor fecha para poner el examen, ¿verdad? Justo en mi cumpleaños… Bah».

Después de bañarse, Radafel buscó qué ropa ponerse: «Tiene que ser algo cómodo y que a la vez me haga ver bien… Seguro que habrá muchas chicas… y Sarah… también ella estará ahí». Radafel optó por unos pantalones de mezclilla y una playera roja en la que se leía «Ham Sau», su grupo favorito. Luego, se paró enfrente del espejo y un muchacho de mediana estatura, flaco, de pelo negro, ojos cafés e «increíblemente guapo, a quien Sarah no podrá resistirse», pensó, le sonrió con aprobación.

Con la autoestima en alto, Radafel se dirigió a desayunar. Su casa no tenía escaleras, así que no tuvo que bajar para llegar a la cocina-comedor. Fue allí donde su día comenzó mal. Sorprendió a su madre, todavía con el teléfono en la mano, sollozando. Firine Lera de Rocutoru era bella incluso cuando lloraba; su rostro no poseía imperfección alguna. Había sido madre muy joven, por lo que había entendido y apoyado la boda de su hija. Firine se había casado con Perin Rocutoru a la edad de diecisiete años. Había tenido a la hermana de Radafel a los dieciocho y a él a los diecinueve. Ahora tenía treinta y siete.

—¿Mamá? ¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¿Por qué lloras?

Firine se dio cuenta de la presencia de su hijo y de inmediato se limpió las lágrimas y dejó precipitadamente el teléfono en su lugar.

—Sí… sí, Ra… No es importante… No te preocupes —dijo con voz conciliadora.

—No mientas. ¿Te habló el estúpido de Mirco —Radafel se contuvo para no decir una grosería mayor, pues a su madre no le gustaba oír malas palabras— para comentarte que nos quitaría la casa otra vez, o no? —Se acercó y la abrazó muy fuerte durante varios minutos. Hasta que su madre se calmó un poco y ella misma lo separó.

—Sí… fue él otra vez. Lo siento, Ra, no deberías haberme visto así hoy… No quiero que te preocupes por mí. ¡Feliz cumpleaños! —Fue ella quien ahora le dio un largo abrazo.

Poco después, el desayuno estaba servido: un plato con huevo, frijoles y un pan tostado con mantequilla. Firine también había puesto sobre la mesa una cajita sencilla. Radafel reconoció que era la misma donde alguna vez le habían regalado a su madre unos pendientes, solo que ahora no tenía el algodoncillo en el que estos iban encajados. No lo hizo notar.

—Muchas gracias —dijo Radafel mientras le daba otro fuerte abrazo, algo a lo que era más propenso desde la muerte de su padre. Lo prolongó todo lo que pudo, dado que sabía que ella lo necesitaba más que él—. No tenías por qué haberte molestado.

Radafel decía eso de corazón y no por cortesía. «Con el poco dinero que tenemos y mi mamá comprando regalos», pensaba con un poco de amargura. Lo abrió. Suspiró por dentro: al menos no había gastado dinero, pues era el reloj de su padre, encajado burdamente en la caja, que era apenas lo suficientemente grande para contenerlo.

—¡Muchas gracias! —volvió a decir. La verdad es que el reloj no era de su estilo, pero se obligaría a llevarlo puesto consigo de ahora en adelante hasta que así fuera.

—Sé que no es demasiado, pero tu papá apreciaría mucho que lo tuvieras tú. Además, te hace ver tan mayor, tan apuesto… —Su madre, como casi todas las del mundo, exageraba en cuanto a la apariencia de Radafel, pero a él siempre le subía el ánimo.

Solo hablaron de lo cotidiano durante el desayuno. Radafel había intuido que su madre le ocultaba algo; ya no estaba seguro si era Mirco quien había llamado o alguien más, pero no volvió a preguntar. No quería ver sufrir de nuevo a su madre, además de que era probable que la verdadera razón por la que lloraba no lo dejara concentrarse en el examen.

Cierto olor le indicó que su mamá estaba preparando algo en el horno. Eso le recordó…

—Por cierto, ¿puedo invitar a Sarah a comer?

—¡No tienes ni que preguntarlo! ¿También vendrá Jeff?

—No, mamá… sigo enojado con él.

—¿De verdad? Ra… ¿cuánto tiempo más? El verano no durará para siempre. Deberían estar aprovechando mejor el tiempo y no en rabietas innecesarias.

—¡No es una rabieta! ¿Cómo puedo darle mi confianza si él no me la dio? ¡Pensaba que nos contábamos todo y… aaaggg, no vale la pena pensar en eso, no quiero estar enojado en el examen!

Radafel miró su reloj y se dio cuenta de que ya iba quince minutos tarde. Dejó el pan tostado a medio comer, se despidió de su madre y salió corriendo.

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La escuela de letras Fardael Zirk, nombrada así por el famoso héroe mitológico, era enorme. Tenía cuatro edificios, uno por cada año de carrera. Él empezaría tomando clase en el de enfrente; si es que pasaba el examen, claro. Entre cada edificio y la puerta principal había unos pequeños jardines cuidadosamente podados. Él y los demás aspirantes se empezaban a aglomerar en la entrada, a pesar del intento de los profesores de mantener el flujo constante hacia los edificios donde serían los exámenes.

Cuando pasó la puerta enrejada de la escuela, Radafel aproximó mentalmente la cantidad de estudiantes en varios cientos, «tal vez más de mil», y la cifra lo hizo sentirse intimidado.

—¡Ra! —exclamó efusivamente una muchacha de cara tierna, ojos de color caramelo y pelo lacio y rojo brillante por detrás de Radafel, tomándolo por sorpresa—. ¡Por fin te encuentro! ¡Pensé que no lo haría! Te estuve buscando en todos lados, pero con tanta gente... Uf... En serio, ¡no creí hallarte antes de que empezara todo! Estoy tan nerviosa. ¿Qué hago?

—¡Sarah! —contestó él con igual entusiasmo—. ¡Tranquila, respira! ¡No te pongas nerviosa, ya verás que nos irá bien! Digo, que nos hayamos encontrado entre tanta gente debe de ser una señal, ¿no lo crees?

Sarah era la mejor amiga de Radafel desde la secundaria y era la mujer más importante en su vida después de su madre y su hermana. Ella también quería estudiar letras. «Ojalá le vaya bien en el examen», pensaba Radafel. Sarah era inteligente, pero las pruebas la ponían muy nerviosa, tanto que más de una vez había dejado en blanco su nombre.

—¿En… en qué salón te tocó, Ra? A mí en el ocho. Si nos toca en el mismo, no dudaré más de las señales, te lo prometo.

—Mmm… No lo sé aún, es que acabo de llegar. ¿Cómo lo puedo saber?

—Ay, Ra, ¡qué distraído! ¡Lo dice en tu ficha! ¡Ándale, fíjate para ver si nos tocó en el mismo!

—Ah, sí, claro, está en la ficha —soltó una risa nerviosa—, en la ficha… en la ficha… —dijo mientras buscaba en sus bolsillos—. ¡La dejé en la casa! ¡Se me quedó en la casa! —exclamó Radafel al recordar que la había dejado en su cuarto, como separador del libro de Historia que había estado leyendo la noche anterior.

Radafel tomó prestado el celular de Sarah, salió de la escuela para escuchar bien y llamó a su casa, pero la línea estaba cortada.

—¡Sarah!, ¿trajiste tu coche? ¿Me lo puedes prestar para ir rápido por la ficha?

—Sí, sí. Deja, te doy las llaves. Las llaves… llaves… —dijo mientras buscaba en su pequeño bolso— llaves… ¡Ay, no! ¡Espero que no las haya dejado dentro del coche! Perdón… eso de los nervios antes de un examen…

Radafel, nervioso, ya había parado un taxi y le había dicho al conductor la dirección de su casa. Apenas si se despidió de Sarah. Algo le gritó ella cuando él ya estaba dentro del coche. Si no hubiera sido tan precipitado, habría escuchado que lo que gritaba Sarah era que había encontrado las llaves. En vez de eso, solo creyó que su amiga le deseaba un feliz cumpleaños. Cinco minutos más tarde, la otra posibilidad pasó por su mente: «Si encontró sus llaves, Jeff no parará de burlarse de mí… ¿Por qué sigo pensando en Jeff? Ya no es mi amigo». Tuvo que gastar en dos taxis, uno de ida y otro de regreso. En el poco tiempo que estuvo en su casa, notó que su madre ya no estaba y pensó que seguramente había salido a buscar trabajo. Llegó media hora tarde al examen. Le había tocado en el salón trece. «Trece… no precisamente mi número favorito».

Radafel tenía que pasar ese examen, aunque eso por sí solo no bastaba, también debía conseguir la beca que se otorgaba al 15 % de los mejores aspirantes admitidos. De otra forma, no podría pagar las altas mensualidades de la escuela. Su madre no sería capaz de ayudarlo más, pues los gastos de la hipoteca de la casa ya eran mucha carga para ella. Radafel deseaba estar en la situación de Sarah, quien solo se preocupaba por entrar, ya que su familia tenía mucho dinero y no les importaba pagar una alta colegiatura. El coche de Sarah no era precisamente uno cualquiera; era de ese año y de marca Piannel, uno de los más lujosos.

Radafel no alcanzó a responder todo el examen, se le acabó el tiempo mucho antes, e incluso estuvo lidiando un buen rato con el examinador para que le dejara unos cuantos minutos extra para contestar, contándole la desafortunada historia de cómo había tenido que regresar a su casa por la ficha, pero no tuvo éxito.

Cuando salió del salón, reconoció a Sarah rápidamente entre la multitud que salía del número ocho, gracias a su roja cabellera.

—¿Qué tal te fue? —le preguntó un tanto desanimado.

—¿Podemos no hablar de eso? Yo… prefiero no hablar de ello —dijo Sarah con expresión igual de triste—. ¿Y podemos ir a otro lado? No soporto que todo el mundo aquí siga hablando del examen.

Radafel acompañó a su amiga hasta uno de los jardines donde casi no había gente, sabiendo que, desde ese momento hasta que publicaran los resultados, el examen seguiría siendo tema tabú.

—¿Quieres venir a comer a mi casa? —le ofreció Radafel, tratando de animarla un poco.

—Ay, Ra, lo siento, hoy no puedo… pero gracias. Hoy es una de esas comidas familiares a las que no puedo faltar. —Una alarma vibró en uno de los costosos aparatitos que solían ir con ella—. Perdón, Ra, no me puedo quedar más.

Sarah se despidió y salió antes de que Radafel pudiera recordarle que era su cumpleaños. «¡Mi cumpleaños! ¿Cómo pudo olvidarlo? Hoy sí que debería faltar a su comida, es lo menos que puede hacer. No puedo creer que me haya dejado así nada más», pensaba bastante sentido.

Radafel salió detrás de Sarah para alcanzarla antes de que se subiera al coche y recordarle lo importante que era para él que lo acompañara; sin embargo, lo que vio le revolvió las tripas. Sarah se estaba besando con un muchacho que él no conocía y que jamás querría conocer. Radafel no quería sentirse celoso, pero era inevitable. No sabía en qué punto exactamente había pasado, pero había empezado a ver a Sarah como algo más que su mejor amiga. Se preguntó por qué se había tardado tanto en declararle su amor. «¿Acaso no era un pacto silencioso? Esperar un momento maravilloso, un día en la playa, a la luz de una luna llena…». Ahora se daba cuenta de que eso ya no importaba. Había esperado demasiado. Se fue a su casa antes de que ella lo notara.

Se sentía desanimado. «Sarah…», pensaba mientras se daba cuenta de cuánto la quería realmente «¿La amo?» Radafel no lo sabía, pero jamás se había sentido así. Era muy parecido a lo que había sentido por su hermana cuando se casó, pero mucho, mucho más intenso, incluso sentía que se desmoronaba por dentro. «Son celos… definitivamente son celos. Le preguntaré a Sarah quién es ese tipo y luego le diré todo tipo de cosas malas de él… No, no puedo caer tan bajo, ¿o sí?»

Sin ganas de volver a casa todavía, caminó hacia un pequeño lago artificial donde solían congregarse decenas de palomas. Tirarles migajas de pan y ver cómo peleaban por ellas lo distraería de todo el asunto de Sarah.

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Cuando vio al sol bajo en el cielo decidió de mala gana que era tiempo de volver. Con las manos limpió de sus pantalones el resto de las boronas, sintiendo un poco de culpa al ver un pictograma que prohibía darles de comer a las palomas. Sin embargo, mal alimentar animales estaba lejos de ser la peor tragedia que ocurriría ese día.

Iba caminando a casa cuando vio un espectáculo nada agradable. Una anciana estaba cruzando la calle con suma lentitud debido a que iba cargando muchas bolsas de plástico. Para colmo, una de las bolsas se rompió y las dos botellas de vidrio con leche que llevaba se quebraron a media calle. Radafel corrió a ayudarla antes de que cualquier coche llegara y provocara un accidente mayor.

—Ay, muchísimas gracias, joven, ya no hacen estas bolsas como en mis tiempos, ni las botellas, bah, hasta la leche sabe distinta. Un momento… tú eres el hijo de Firi, ¿no? —preguntó la anciana escrutándolo con grandes ojos. Sus rasgos faciales evidenciaban que de joven debía haber sido muy bella, pero de eso lo único que quedaba eran sus ojos. Por la cantidad de arrugas, Radafel asumió que tendría más de 80 años.

—S… sí, ¿cómo la conoce?

—Oh, Radafel, tu mamá y yo somos muy buenas amigas. Me ha contado mucho de ti y me ha enseñado muchas fotos. Eres tan amable, como me dijo.

Radafel no tenía idea de que ella y su mamá fueran amigas. «Pero al fin y al cabo, vivimos en la misma calle».

—Oye, Radafel, si no es mucha molestia… Y para alguien tan joven como tú, estoy segura no lo será… ¿Me podrías ayudar a cargar con las bolsas, las que no se rompieron al menos, hasta mi casa? ¡Oh, y te puedo dar un dinerito por el favor, no creas que soy una vieja aprovechada, no! —le dijo la anciana. Aunque lo hubiera dicho por pura amabilidad, Radafel sentía una obligación moral mayor por ser amiga de Firine. «Y unas cuantas monedas nunca están de más».

—¡Sí, por supuesto! —dijo él mientras extendía la mano derecha para tomar algunas de las bolsas.

—¡Muchas gracias, que Dios te lo pague! ¡Ah sí, y yo también, la costumbre! ¡Ji, ji, ji! —rio la viejita con una risa muy aguda, pero luego su cara se tornó inesperadamente seria. Parecía haberse acordado de algo importante.

—¿Le pasa algo? ¿Se encuentra bien? —preguntó Radafel con amabilidad.

—Sí, estoy bien… —respondió ella en un tono que hacía aún más claro que algo malo le sucedía.

—¿Está segura? ¿Hay algo más en lo que le pueda ayudar?

—Bueno… en realidad… sí. Lo siento, jovencito, no suelo comportarme así, es que es difícil ser anciana… Ser anciana y además viuda. No se lo deseo a nadie y Jorum, que está allá arriba, sabe que no miento. Lo que pasa es que Jorum siempre me ayudaba. Él era mi difunto esposo. —La mente de Radafel divagó pensando en que de la forma que se había expresado, sonaba un poco a que su esposo había revivido, pero lo tomó como un descuido al hablar en ese momento—. Si tan solo supieras lo bueno que era mi viejito… y ahora estoy tan sola, excepto por mis perritos. Mis hijos viven en otro país y se limitan a visitarme en mi cumpleaños y en Navidad.

Radafel quedó conmovido, pero no supo qué decir, así que solo cargó con las cosas y las llevó hasta la casa, que no estaba muy lejos; mientras caminaban, ella no dejaba de decir lo bueno que había sido Jorum en vida. Cuando llegaron, la viejecita le dio únicamente unos cuantos centavos, pero él no se quejó, no la estaba ayudando por el dinero. La anciana lo invitó a pasar y él aceptó. La casa estaba muy descuidada, pero Radafel no hizo ningún comentario. Olía mal, estaba muy sucia y había botellas de vino por todos lados. Al parecer, tejer y hornear galletas no eran los únicos pasatiempos de aquella anciana, al contrario de las concepciones que Radafel tenía de antemano.

Salieron al pequeño jardín trasero y la anciana le mostró dos perritos chihuahueños, Vitu y Lino eran sus nombres. Luego hizo un comentario que provocó que un escalofrío recorriera el cuerpo de Radafel hasta la médula.

—Y ahí está mi querido Jorum, él me pidió descansar aquí. Yo solita lo enterré. Todas las noches me siento en aquella silla y platico con él. Sé que suena un poco tonto viniendo de mí, una simple vieja, pero siento que a veces me responde desde el más allá, ¿puedes creerlo, jovencito? Es lo único que me mantiene viva, poder seguir hablándole a mi buen Jorum.

Radafel se fijó en el montículo de tierra removido y creyó ver una mano despellejada asomándose. «¿Acaso también lo desentierra y lo sienta a tomar el té como hacen las niñas pequeñas con sus muñecas?», fue lo primero que se le ocurrió pensar y no estaba tan lejos de la verdad. La viejita era sonámbula y por las noches iba y se quedaba a su lado mucho rato. Afortunadamente en Navi, la ciudad donde vivían, rara vez hacía frío pues estaba ubicada a las afueras de Dyrlant, el segundo desierto más caliente del mundo; varias veces Radafel había pensado que debían cambiar el lema de la ciudad de «Honor hasta el final» a «Calor hasta el final». De no ser por ese calor, la anciana hubiese muerto de una pulmonía en poco tiempo.

Eran, sin embargo, Vitu y Lino, los perros y no la anciana, quienes a veces desenterraban al muerto en busca de un hueso para roer.

Ver el cadáver fue suficiente para Radafel, quien se inventó la mejor excusa que pudo: que era su cumpleaños y tenía que llegar a casa porque su madre lo estaba esperando. En realidad, nunca mentía si podía evitarlo.

—¡Oh! ¡Muchas felicidades, Radafel! —le dijo la anciana dándole un abrazo aguado—. ¿Cuántos cumples? ¿No serán 18 de casualidad?

—Sí, 18 —dijo algo extrañado, usualmente le calculaban menos edad.

—¡Es que mira qué coincidencia! ¡Yo cumplo 18 mañana! Bueno… los cumplo al revés: 81. Haré un pastel que me gusta mucho, por si quieres venir a acompañar a esta solitaria vieja. Este año mis hijos no pueden venir, y si tú y Firi me acompañan me sentiré un poco menos… vacía. Sí, la casa se sentirá menos vacía con ustedes aquí.

—Será un placer —dijo Radafel sin pensar mucho la respuesta mientras caminaba a la puerta de salida. La verdad era que no tenía ganas de regresar a esa extraña casa jamás. Se preguntó qué diría Firine cuando le dijera: «Oye, mamá, me encontré con esta amiga tuya que nos invitó a un pastel por su cumpleaños mañana. Ah sí, y tiene enterrado a su esposo en el patio de su casa».

—Mmm… ¿No se te olvidará? A lo mejor se te olvida… A mí a veces se me olvidan las cosas, como tomar mis medicinas para la cabeza, ji, ji, ji.

—No, claro que no. Vendré —dijo Radafel de nuevo, ahora tendría que cumplir su palabra.

—Ven a la hora de la merienda, prepararé un pastel de tres leches. Ah, y hay otra cosita… es una tradición en mi familia. Espérame aquí, muchachito, en un segundo regreso. No me tardo, solo voy por él. No te me vayas a ir todavía.

Radafel permaneció expectante en el umbral de la puerta unos instantes, mientras la anciana desaparecía en el interior de lo que parecía ser su habitación y regresaba con un objeto en la mano.

—Este es un pequeño espejito que me dio mi mamá, en paz descanse, que a la vez se lo dio mi abuelita también, en paz descanse, y a ella se lo dio mi bisabuelita también, en paz descanse, aunque a ella ya no la conocí yo. ¡Si vieras, jovencito, desde qué tiempos viene este viejo espejo! Así ha sido durante muchas, muchísimas generaciones. Yo debí habérselo pasado a mi Teresita, en paz descanse, pero ella se fue antes que yo, en un accidente de barco… Pero como dices que sí vendrás, quiero que me hagas otro favorcito. Mañana, cuando llegues aquí, haz como que me regalas este mismo espejo, por favor. Es una vieja costumbre de mi familia. Es como una prueba de confianza, ji, ji, ji —volvió a reír la viejita con su risa aguda—. Ahora que lo pienso, que este sea tu regalo de cumpleaños.

Radafel aceptó tratando de ocultar su aparente confusión y nerviosismo, y tomó entre sus manos el pequeño espejo ornamentado. Se preguntó si el borde era de verdadero oro. Lo era, aunque él no sabía reconocerlo. Cuando salió se dio cuenta de que ni siquiera le había preguntado cómo se llamaba. «En fin, ya se lo preguntaré luego a mi mamá, no pienso regresar hoy a esa casa cementerio».

El sol había terminado de ocultarse mientras ayudaba a la anciana. Era otra de las tantas calurosas noches que había habido en los últimos días cuando lo vio. Un punto brillante en medio de la calle que en un principio creyó que era una moneda. Al acercarse más, Radafel pudo apreciar que era otro objeto. Lo tomó enseguida y fue cuando se dio cuenta de que no era una pluma, sino «la» pluma.

 

2. Toque de queda

 

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«Radafel, hijo, si estás leyendo esta nota, es que no alcancé a llegar a la casa a tiempo. Fui a Magón. Si anochece me quedaré en algún hotel y vendré al día siguiente. Cuida la casa. Te quiero mucho, hijo, NUNCA lo olvides, aunque no pueda estar en momentos importantes para ti. Te dejé una sorpresa en el horno, para que compartas con Sarah. Feliz cumpleaños de nuevo, y perdona no poder estar contigo. Repito, te quiero. Besos y abrazos, hijo».

Radafel terminó de leer la nota que estaba pegada en el refrigerador, extrañado, sin saber qué podría estar haciendo su madre en aquel pequeño pueblo que fuera más importante que su cumpleaños. Abrió el horno. Había una rosca de chocolate. Se notaba que la cubierta había sido puesta de manera presurosa, pero no le importó. «Si Sarah hubiera tenido tiempo…». Suspiró. «Pero al parecer pasaré lo que queda de mi cumpleaños solo». Vio su reloj nuevo, ya eran las nueve. Aún no tenía sueño y no quería desaprovechar la rosca de su madre, así que cortó un pedazo y se lo sirvió en un plato. Radafel no tenía televisor, así que prendió la radio y escuchó mientras comía, sentado a la modesta mesa de su cocina.

—Así es, como les hemos venido informando durante toda la tarde, el toque de queda persiste hasta hallar al asesino que ha aterrorizado a tres familias del distrito. Si usted nos acaba de sintonizar —«qué coincidencia», pensó Radafel—, tiene que saber que se consignará a las autoridades a toda persona, hombre o mujer, que salga a la calle. Esto, debido al asesino en serie que escapó de la cárcel de máxima seguridad hoy a las 10 de la mañana. No se sabe aún cómo fue que logró escapar, pero se encontraron a los guardias de turno mutilados y con muestras de graves quemaduras. El asesino, apodado a sí mismo el Vengador, cumplía condena desde hacía cinco años cuando había sido encontrado culpable de múltiples asesinatos. Esta semana se tenía planeada su fecha de ejecución, la cual logró aplazar durante varios años debido a numerosos agujeros legales en el sistema. El Vengador jamás reveló su verdadero nombre y eso puso de cabeza a todos los magistrados, quienes tampoco pudieron encontrar evidencia relativa a su verdadera identidad. Eso no es todo, el Vengador ya ha cobrado nuevas víctimas durante las últimas horas. Los reportes más recientes han sido de personas que afirman haberlo visto en la colonia Piven Nigromante —«otra coincidencia, una mala coincidencia», se inquietó Radafel—, donde se presume que dio muerte a un señor de la tercera edad que en vida respondía al nombre de Vesto Wain, para enseguida dejarlo tirado sobre la acera. Ninguno de los testimonios, sin embargo, pudo describir con exactitud hacia dónde huyó el asesino. Entre las víctimas del Vengador se encuentran también una pequeña niña de entre 6 y 9 años, y una mujer de 40 a 50 años, ambas aún no identificadas, y se teme que en las próximas horas el número de víctimas aumente. Por tal motivo, repetimos, se ha implementado el toque de queda…

«¡No puede ser!», pensó de nuevo, porque sabía muy bien quién era Vesto, el viejo Vesto, el abuelo de Sarah. «¡Pobre Sarah!» Tomó inmediatamente el teléfono y llamó a casa de su amiga. Se le olvidó por completo que se había enojado con ella.

—Lo sentimos, su línea ha sido suspendida. Por favor, presente su pago en línea o en su sucursal telefónica más cercana.

Radafel maldijo. El locutor continuó:

—A todos nuestros radioescuchas, nos llegan noticias de última hora, se han identificado a la segunda y tercera víctimas. Sus nombres son Susyn…

Radafel apagó la radio, no tenía ganas de seguir escuchando más malas noticias. Incluso el hambre que tenía se le había quitado. ¿Quién era ese Vengador y por qué había matado a tres personas indefensas? «Ojalá lo atrapen pronto, y más vale que lo ejecuten de una manera dolorosa».

Aún perturbado, se dirigió a su cuarto y se echó sobre la cama. ¡Crash!, sonó algo debajo de él. Miró y vio que su pierna estaba sangrando. No solo había roto el espejo de la anciana, sino que además se lo había encajado en la pierna y cada vez había más sangre en sus sábanas. No perdió la calma, fue por un pedazo de trapo y cubrió la herida. Afortunadamente, no era nada profunda y paró de sangrar en poco tiempo. Cambió las sábanas y su ropa, no le gustaba ver las manchas de su propia sangre, ni de cualquier sangre. Pronto se empezó a sentir mal por haber roto el espejo. «¿Qué hago? ¿Me presento sin él? ¿No voy? Eso sería romper mi promesa». Luego pensaría en eso, la verdad era que estaba más preocupado por Sarah, porque suponía que estaría desconsolada. «Ojalá pudiera estar con ella… Estoy seguro de que podría hacer algo para ayudarla». Radafel pensó en arriesgarse y romper el toque de queda, pero existía la posibilidad de que Sarah ni siquiera estuviera en su casa; tal vez estaría en la morgue con el resto de su familia reconociendo el cuerpo, o en la comisaría de policía, rindiendo declaraciones y presentando denuncias, así que desistió de la idea.

Radafel se tendió de nuevo en su cama, asegurándose de sacar antes la pluma que se había encontrado, para no romperla accidentalmente como el espejo. La observó un buen rato, pues aún no tenía sueño. «¿Cómo puedo tener sueño después de todo lo que ha pasado hoy?» Hizo lo que mejor sabía hacer: escribir. La pluma era de un tamaño menor al del promedio, en cierta forma se veía delicada, tal vez era aún más cara de lo que él hubiera creído en un principio. Apretó el pequeño mecanismo que permitía escribir sobre el papel. Clic. Fue un clic maravilloso, creyó Radafel, tan adictivo, que volvió a apretarlo varias veces, hasta que se cansó. Le resultaba bastante relajante. Notó que la pluma tenía una pequeñísima inscripción, pero no estaba en un idioma que él pudiera leer. Luego, sacó una hoja de papel y la rasgó suavemente con la pluma. Escribía increíblemente bien, sin hacer muy delgada ni muy ancha la línea, derramando la justa cantidad de tinta. Era una pluma perfecta. Incluso pensó que cuando escribía con ella su letra mejoraba.

«Muy bien… estoy completamente solo en mi cumpleaños, el día que alcanzo la mayoría de edad. Mi padre lleva tiempo muerto ya, mi madre no ha regresado de su viaje, y mi hermana seguramente lo olvidó, está en otra ciudad viviendo con su esposo, preocupándose por hacerme tío… Mi mejor amiga, Sarah, a la que quiero con toda mi alma, está saliendo con alguien más… Justo cuando empezaba a sentir algo por ella… Pero eso no es lo peor, sino que ella está pasando por momentos difíciles, su abuelo ha sido asesinado. Un tal Vengador, ojalá lo entierren vivo. Jeff… Mi otro amigo… Mejor ni hablar de él… Así que estoy solo… en la noche de mi cumpleaños. El año pasado, a estas mismas horas… estaba con todos ellos… viendo una película… no me acuerdo de qué, pero recuerdo que era feliz, al contrario de ahora… Para colmo, de los dos regalos que recibí, uno ya lo he roto y lo mejor es que era prestado… por una “vieja que conversa con los muertos”. Ni hablar del examen de ingreso… Me faltó tiempo para contestarlo… no me va a ir bien, estoy seguro. ¿Me falta hablar de algo? Si es así, sinceramente no me importa, quiero dormir, dormir en un sueño sin sueños».

Entonces dejó la pluma en su mesa de noche y repasó lo que había escrito. Él sabía que podía escribir cosas mejores, pero por ahora solo quería desahogarse. Un sueño profundo se apoderó de él. Tan fuerte que se encontró dormido antes de siquiera apagar su lámpara. Durmió, tal como él quiso, en un sueño sin sueños.

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Lo despertó el sonido de su timbre. Radafel trató de conciliar nuevamente el sueño. «Seguro buscan a mi mamá… que ella abra, ya debe estar levantada». Pero el timbre volvió a sonar.

—¡Mamá! ¡Tocan! —gritó Radafel, pero nadie respondió. Se levantó con desgano y fue al cuarto de su madre, solo para comprobar que ella todavía no había llegado. El timbre seguía sonando. «¿Quién puede ser? ¿Mirco? Todavía no toca pagarle».

—¡Radafel! ¡Abre, por favor! —La voz de Sarah era inconfundible.

Radafel abrió la puerta después de ponerse unas maltratadas chanclas. Al abrir y ver la expresión triste de su amiga, recordó de golpe lo mucho que debía de estar sufriendo por su abuelo. La abrazó sin pensarlo dos veces.

—¡Lo siento tanto, Sarah, siento mucho lo de tu abuelo!

Sarah lo apretó fuerte y continuaron así por varios segundos; él notó un suave olor a cereza en su cabello.

—Gra… gracias, Ra —dijo ella cuando finalmente se apartaron, mientras se limpiaba una lágrima—, traté de llamarte anoche, pero tenías la línea cortada. ¿Entonces ya lo sabes? Estaba tan nerviosa que… —Sarah se detuvo, con un nudo en la garganta.

—Sí… de verdad, lo siento —dijo Radafel, con una sincera tristeza que se denotaba en su mirada.

—Yo también lo siento mucho —dijo Sarah y ahora fue ella quien lo abrazó. Su pelo rojizo acarició suavemente el cuello de Radafel. Sin embargo, él notó algo distinto, como si fuera ella quien tratara de consolarlo a él—. Yo también siento mucho lo que le pasó a tu mamá.

—¿De… de qué hablas? —preguntó Radafel, un tanto desconcertado, empezando a sentir sudor frío en los pies.

Sarah lo miró a los ojos con una expresión que era mezcla de miedo y desconcierto. Empezó a mover la boca, pero no producía sonido alguno.

—¡Sarah! ¡Dime ya! ¿Hay algo más? —preguntó Radafel, desenfocando la mirada.

—¡Oh, Ra! —dijo ella apenas con un hilo de voz, mientras lo abrazaba de nuevo, esta vez mucho más fuerte—. Tu mamá… tu mamá también… —La voz se le cortó a Sarah— fue atacada ayer.

Todo se vino abajo, muy, muy abajo.

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